Día del Padre

Asqueado por el ridículo y asfixiante moralismo que nos llueve continuamente encima, como orina de macho cabrío. Lo digo después de leer en Facebook unas encendidas alabanzas a la educación nipona, pues parece centrada desde la infancia más tierna en la fabricación de buenas personas, ciudadanos cabales y decentes, gente de principios. ¡¡Qué bonito!! Digo yo que será para prepararlos a tratar con las máquinas hasta fundirse con ellas, que es lo que probablemente vayan a hacer las criaturas el resto de sus días, una vez desterrados de su horizonte asiático las Humanidades y el pensamiento no empresarial. Recuerdo, justo ahora, algo que dijo un antiguo camarada de gamberradas juveniles: el que va por ahí con la moralina en la boca todo el santo día, da la casualidad de que es siempre el más cabrón de todos.

Preferiría ser noruego, la verdad, los más felices del planeta por varios años consecutivos, por lo menos desde que la cosa se mide según un baremo que parece serio. Los noruegos, esos sí que no se suicidan cuando están de vacaciones más de cinco días, sin que tengan que ir a machacarse el cuerpo quince horas diarias viendo ruinas etruscas. Es más, cualquier diseño político diferente del noruego debería ser rotundamente calificado de aberración fuera de la realidad. Noruega como modelo y meta, lo demás son bobadas y perder el tiempo.

Día del padre, religiones del padre y religiones de la madre. El Cristianismo, en realidad religión del hijo, el hombre como hijo, que decía la muy católica María Zambrano. Habían empezado mucho tiempo atrás los cultos dionisíacos adorando en el falo simbólico los misterios de la sexualidad, que son al fin y al cabo los de la vida indestructible. Luego vino la Edad Media, la vida eterna del don de la persona, bien implementado en los mecanismos del DNA, como luego se iba a ver en las clínicas del Opus. El verbo se hizo carne, en definitiva. Ese es el poder del Cristianismo, la familia, padre, madre, hijo/a, los tres sagrados en tanto rociados del espíritu santo. ¿Quién no ve a su hijo o hija como sagrados, como lo sagrado o lo propiamente irrebasable, indisponible?
Por eso el tal Cañizares se recelaba el otro día un holocausto de cristianos, porque la Familia, su Sagrada Familia, se hallaría amenazada, entre otras cosas, por los de la comunidad LGTBI, con ellos peligraría el nacimiento, el parto, el torrente sin fin de la vida esta vez personal, porque el Hijo no nació de la carne, sino que graciosamente bajó a la carne. Quien quiera meterle un dedo en el ojo a Cañizares que cuestione la Familia y todo el familiarismo. Para Cañizares no es posible que el verbo descienda a la carne salida del aquelarre químico de la probeta o incluso del útero mecánico.

Las religiones son atavismos de la sangre, pero en un mundo en el que ya no hay misterios la sangre no nos merece ningún respeto reverencial. Hasta el padrino más truculento se llenaría de recogimiento cuando piensa en “la mia mamma!”, pero eso son cosas de cuando la mafia se vuelve buena. A la devoción a la madre la vienen a complementar, lógicamente, la pederastia, la prostitución, las drogas, el asesinato. Sangre y suelo, toda procesión nacionalista, heredera del fervor religioso, nacionalista del tipo que sea, incorpora curas en primera fila, no puede ser de otra manera. El amor a nosotros mismos requiere el desprecio de los de fuera, o su conversión.

La humildad

Está la humildad del gato escaldado («el gusano que ha sido pisado tiende a enroscarse: principio de la humildad»). La humildad tantas veces va del brazo de la más absoluta hipocresía («el humilde lo que quiere es ser exaltado»). Pero sobre todo, la humildad se compadece muy mal con la salud floreciente («en mi casa solo entran el amor y el orgullo», afirmaba contundente un personaje de la película Moonlight que en verdad rebosaba salud)

Mi moral

No cejar en la lucha contra la estupidez, la idiotez y la imbecilidad propias. Cosa que por supuesto implica luchar también contra las ajenas, lo que desde luego te metería de lleno en la cuestión política. Luchar contra las tres, a pesar de que se sospeche con toda razón que una cierta dosis de cada una de ellas sería indisociable de la vida humana, sin duda porque de alguna manera misteriosa le resulta necesaria, incluso como condición de posibilidad. Esta lucha a brazo partido, y que no tiene fin, resulta difícil porque exige estar siempre alerta, y es por tanto agotadora, en el fondo nos preguntamos si no estaría condenada al fracaso. Por ejemplo, de vez en cuando hay que distraerse, entretenerse, recrearse, pero hay que saber hacerlo, porque, como uno no sea un sabio consumado, semejante necesidad de diversión nos llevará a entregarnos en mayor o menor medida a la estupidez, la idiotez y la imbecilidad. Y la mayoría de nosotros no nos podemos pasar sin hacer el imbécil al menos un par de veces al año.

De forma que todo esto vendría a parar en que el imperativo es degradarse lo menos posible, lo mínimo indispensable.

Safranski sobre Nietzsche

«El vitalismo de Nietzsche arranca la ‘vida’ de la camisa de fuerza del determinismo de finales del siglo XIX y le devuelve su libertad peculiar. Se trata de la libertad del artista frente a su obra. ‘Quiero ser el poeta de mi vida’, había anunciado Nietzsche (…) No existe la verdad en sentido objetivo. Verdad es el tipo de ilusión que se muestra útil para la vida. Ahí está el pragmatismo de Nietzsche, que, a diferencia del anglosajón, se refiere a un concepto dionisíaco de la vida. En el pragmatismo americano la ‘vida’ es un asunto del sentido común, mientras que Nietzsche es extremista incluso como filósofo de la vida. Detesta la ordinariez anglosajona, lo mismo que el dogma darwinista de la ‘adaptación’ y la ‘selección’ en el proceso de la vida. Para él estos fenómenos son proyecciones de una moral utilitarista, la cual cree que también en la naturaleza la adaptación es premiada con una buena carrera»

(La buena carrera del anglosajón Trump el ordinario)

La liberación

Lo de “la absoluta irresponsabilidad de cualquiera” habría que tomárselo en serio como posibilidad muy real, porque a fin de cuentas cada uno es como es y el que es, y esto poco arreglo tiene. Posibilidad que implica dejar de acusar a nadie, dejar de hacer responsable a nadie por lo mal que lo pasamos a veces. Pero si esto es por un lado verdaderamente liberador, por el otro no sé si podremos soportar una vida en la que nuestra inevitable mala leche no supiera encontrar un blanco o una excusa concretos para irse descargando de vez en cuando. El malestar es inevitable porque al vivir también nos estamos muriendo, y entonces la vida tiene indiscutiblemente un fondo de horror digno de ser lamentado, pero justamente por eso es pueril y absurdo seguir haciendo culpables a los demás de nuestro malestar, o para el caso a nosotros mismos. Cosa diferente es que no podamos dejar de tener enemigos, como mínimo es fácil tenerlos. Pero contra ellos simplemente valdría la nada patética lucha táctica.
Y también, ¿qué iban a hacer entonces los que se entretienen organizando continuas cazas de brujas, so pretexto de su amor al hombre encarnado en sublimes valores morales que exigen ejecuciones periódicas? ¿Los que nos engañan para que tomemos su venganza personal y su aburrimiento por actividad intelectual de la especie fina, justiciera y comprometida?

Lo tomas o lo dejas

Las depresiones no hay que tomárselas demasiado en serio. Simplemente son errores de juicio del cuerpo (es el cuerpo el que se imagina que en el hoyo-útero va a reposar confortablemente sin que le sigan bombardeando los estímulos de dentro y de fuera). Pero nada más lejos de la realidad: lo único que de verdad soluciona definitivamente el problema es caer en la cuenta de que no hay solución, la solución no existe, ni existirá jamás.

IA

El hecho de que los robots hagan tantísimas cosas mejor que nosotros los humanos demuestra cuántas cosas hacemos los humanos sin tener que pensarlas en absoluto

Miseria del místico

Aquel que, en un medio intelectual o nada más que medianamente informado, como sería el de hoy a casi todos los niveles, se sigue refiriendo con altanería a “la credulidad en las ciencias naturales” en la que desgraciadamente habría caído nuestra época desgraciada y carente de autoconciencia, por ello privada del sentido para el misterio sagrado de la existencia; aquel que, por ejemplo, asume la impostura reflexiva de considerar desdeñosamente la teoría de la evolución por selección natural como otra creencia cultural más, más o menos delirante, pero en cualquier caso en línea con todas las anteriores creencias históricas… ese simplemente es un sinvergüenza, y casi seguro que también otro vendedor de miseria.
Decir esto implica por supuesto reconocer lo increíblemente asombroso que es el animal humano, para bien y para mal. (El animal en el que hace su aparición en el planeta Tierra el divino o diabólico delirio a todos los niveles).

Comuniones Navideñas

El Papa Francisco contraponiendo rotundamente el amor a la fuerza-y-la riqueza, es decir, a la “mundanidad” del mundo, el demonio y la carne: el Niño Jesús como símbolo místico de todos los niños bajo las bombas, los niños refugiados, los niños abandonados y huérfanos ahogándose en el mar y vagando perdidos entre alambradas. El Niño es lo sagrado: el Niño no es de este mundo. ¡Quién no va a amar a los niños si no es pederasta!

El discurso del Rey de España: no abrir heridas cerradas, vayamos por la paz, sobre todo unidad, y también educación para adaptarse al progreso tecnológico. Los intereses de España son los intereses de todos los españoles. La Corona y el Uno Místico como su única legitimidad. Trascendiendo toda diferencia, coincidencia de todos los opuestos.

El discurso de Salchichas Campofrío: asumir las evidentes contradicciones de los españoles, asumir sus diferencias, para ser capaces de superarlas (Hegel Campofrío). Los intereses de España son los de todos nosotros, y la actitud espiritual correcta será recompensada con la ingesta masiva de las mejores salchichas, la comunión de la salchicha místico-patriótica. La Salchicha Campofrío como Obra de Dios, reconciliación del abajo con el arriba, del dinero con el pueblo (Dios). La salchicha cuerpo de Cristo.

Todos hacen promoción de lo suyo, en nuestro mundo todos son empresarios de sí mismos, y no pueden no serlo.
Para empezar, este Papa, el más transparente que hemos tenido, usando a fondo el instrumento cristiano de la compasión, la compasión que debilita y aniquila al que tiene el atrevimiento de ser feliz. Sin duda hay que darlo todo por el niño que sufre, pero no movidos por la compasión, la compasión es un ataque, es violencia para el que compadece y para el compadecido. Pero puede ir bien la compasión para quien no es capaz de echar el resto por motivos diferentes, más limpios. Porque el amor no es lo mismo que la compasión, el amor no degrada ni al amante ni al amado, sino todo lo contrario.
El Papa nos cuela de rondón, una vez que hemos sido trabajados por la compasión, el cuento del otro mundo, un cuento como mínimo disparatado pero que además insulta al único mundo que hay. Porque el amor, dice el vicario de Cristo, no es de este mundo. Como si no hubiera un amor natural, un amor de los hombres como seres terrenales. Un amor que es la mayor fuerza y la mayor riqueza, lo más mundano del mundo.
La unión mística continua con el entusiasmo monárquico, se extiende el carisma al disimular que la única unión sensata es la del contrato, la que conviene y potencia a los individuos que han decidido unirse. Como Salchichas Campofrío, en su ascenso del mero consumo de carne embutida al plano espiritual de la idea platónica de nación en este caso española, una empresa española, nuestra, arraigada en la sangre bien nutrida de salchichas. Toda comunión es sanguínea, ya sabemos, el hombre es lo que come.

La Cospe

Por puto respeto,

yo con la Virgen del Loreto,

no me meto