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Acerca de marrodri57

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid "SO VIEL MISSTRAUEN, SO VIEL PHILOSOPHIE"

La educación es lo más importante

Estuve observando los juegos de unos niños escoceses. En sus ojos, claros, transparentes, latía un inconmensurable amor a la vida. Pude entender aquello de Jesús, «dejad que los niños se acerquen a mí». Son nuestra única esperanza. Hay que evitar por todos los medios que la educación demócrata cristiana nos los acabe convirtiendo en inversores de fondos buitre. (Por ejemplo, destruir la herencia del ministro Wert).

Partenón Alexanderplatz

PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS
¿Qué es lo que en realidad pretende conseguir el usurero cuando presta tanto dinero a su víctima, sabiendo como sabe perfectamente que esta jamás podrá devolverlo? (¿Qué es lo que pretende conseguir el usurero como tal usurero, ya que imagino que esa sería la esencia de la usura, prestar lo que se sabe que no te van a poder devolver). Como la teología representa el secreto de la antropología, una pista muy importante la tenemos en la religión cristiana, y en general en las religiones del Señor: ¡perdónanos nuestras deudas!; pero las deudas del pecador serían absolutamente impagables por definición, porque el pecador lo debe todo, debería nada menos que su vida con los intereses correspondientes, los del agua que bebe, del aire que respira, y entonces por supuesto que sólo la gracia salva y nunca nuestro esfuerzo por sí solo nos podrá sacar de la muerte por mucho que esté muy bien esforzarse (el triunfo de esta idea es el nacimiento mismo de la época propiamente cristiano). Porque nada es gratis, como nos aseguran los economistas neoliberales.

Pero además hay que atender al hecho de que la salvación (el perdón de la deuda impagable) solo se obtiene a cambio de una radical conversión por virtud de la cual pasamos a hacer en todo la voluntad del acreedor (al que los acreedores llaman “Dios”), y ya nunca más la nuestra personal. Es decir, la deuda se perdona con la absoluta esclavitud del deudor, su total sometimiento o sumisión. El espectáculo de la agonía por hambre del que nunca podrá acabar de pagar lo que debe satisface y reconforta máximamente a los acreedores, que además ven esa agonía como el hacerse de la justicia, como el auténtico pago. Al deudor a partir de ahora se le podrá cortar la carne cerca del corazón y chupar la sangre por la vena aorta, en las cantidades que el acreedor crea oportunas para que se cumpla la Ley. Pero todo ello, cómo no, por solidaridad, por amor, por caridad. Se trata de salvar al que se ha perdido por su mala cabeza y su corazón tan negro.

Por lo demás, el tipo de democracia que se apellida a sí misma “cristiana”, lógicamente aspiraría de paso a divinizarnos a nosotros los ciudadanos. Es decir, a que todos nos convirtamos en socios capitalistas y tarde o temprano en usureros (con ese espejismo del reparto de beneficios funciona tan estupendamente, por eso les votan). Y es que entonces se trataría en realidad del dinero de todos, o sea, del mío, y claro, es la esencia misma de la moral la que exige que “el que debe tiene que pagar”, (¡“oiga, oyes”!, remacha todo luz el baboso que registraba la propiedad e incrementa ahora la de su banda). De modo que los usureros se van a mover, con la democracia cristiana, en un paraíso de absoluta buena conciencia, en ello se dan mucha maña desde tiempo inmemorial. Ellos que, igual que su Dios, son tan buenos tan buenos que están dispuestos a salvar a los pecadores que han tenido la soberbia de desafiar a la Ley del Padre (la del dinero). O bien, visto de otro modo, ellos que ahora tendrían tanto tanto poder que pueden hasta tener esclavos nada menos que griegos, y llevarse el Partenón a la Alexanderplatz.

El fumador

María Zambrano observaba que a Nietzsche la muerte le traía completamente sin cuidado, jamás habría pensado en ella en serio, decía ella, y que por eso Nietzsche estaba tan solo, porque la muerte nos hace mucha compañía a los hombres.

Así que ya sé lo que le pasa al fumador, no soporta la soledad.

Ser felices

Como ahora los hay que aseveran al parecer seriamente que ser felices sería obligación de todos nosotros, y como indudablemente debe haber en el planeta varios miles de millones de personas que no lo son, o que solo a veces lo son, los que así lo dicen van a tener muchísimo trabajo si logran convencernos, porque todos iríamos a consulta para que nos enseñaran a ser felices, lo que en el fondo supongo que es su pretensión inicial (marketing puro y duro, otro invento).
Claro que si uno lo piensa bien la verdad es que no sería tan difícil saber en qué consiste ser feliz, lo verdaderamente difícil es ser feliz y no ser tonto, sobre todo tonto voluntario.

Por otra parte, lo que se atreven a pretender obligarnos a ser felices tendrían que demostrarnos antes que ellos lo son. Pero eso es imposible por razón de que ellos mismos se construyen a su medida el concepto de felicidad, es decir, construir conceptos es empresa filosófica y ellos son unos filósofos muy malos: solo llevan en la cabeza para esta tarea su subcultura, su época, su clase social y sus intereses profesionales y de grupo (a eso lo llaman «realismo»). Luego se ponen a elaborar escalas de felicidad y tetsts que les pasan a la gente con indicadores de felicidad para poder decretar quién es feliz en grado cinco o en grado ocho (a eso lo llaman «empirismo»). Algo para ponerse a reír y no parar, un delirio de omnipotencia importado de USA.

Nietzsche les hubiera fastidiado el negocio con aquello de que en realidad el ser humano no quiere ser feliz (eso solo le pasa a los ingleses).

Psicóloga Patricia

Una tal psicóloga Patricia Ramírez, en “El País”, tiene el santo cuajo de escribirnos que “tenemos la obligación de ser felices y disfrutar”. Que se lo digan a un parado de 53 años, o a un desahuciado por los médicos o por los acreedores, o a un jubilata griego. Pero no hay que sacar la frase de su contexto, y además puede ser que haya una buena intención de fondo, por lo menos subjetiva. Porque si la frase se saca del contexto, y más con los tiempos que corren, sin duda es para llevar a Patricia a los tribunales por incitación al odio contra ella y su tribu: ¡¡nos hace sentirnos culpables de no ser felices!! (la vieja lógica sacerdotal: es culpa nuestra, porque si no somos felices es que “no hemos cogido las riendas”). Es decir, nos ha faltado valor o nos hemos equivocado, pero sobre todo somos culpables porque si no somos felices teniendo como tenemos hoy a nuestra disposición por dinero los servicios de Patricia y sus huestes no tenemos perdón de Dios (o somos tontos o pobres o las dos cosas).

Con todos mis respetos para la seriedad de la psicología científica, y para la mayoría de sus profesionales, el problema se plantea propiamente con la divulgación o popularización de la psicología, esas psicólogas y psicólogos de la televisión, la prensa y las revistas ilustradas, para no hablar de los consultorios psicológicos on line, tan parecidos a los de la bruja Sandrita. Porque en este terreno, de lo que se trata simplemente es de buscar palabras en boga, chistosas o si no por lo menos chocantes, para darles apariencia de términos técnicos, y usarlas de nuevo para bautizar a lo obvio que todo el mundo sabe desde siempre. En realidad, la buena intención de estos divulgadores de la psicología es como la de los conocidos que te dicen cuando te ven con el gesto torvo, “¡ánimo!”, “hay que alegrarse”, “no le hagas caso que es un cenizo”, “se está aprovechando de ti”, o si no te espetan el consabido refrán de que a vivir que son dos días. Así, se habla de la persona tóxica, y su peligro en contextos laborales, para referirse al hideputa de toda la vida (claro que lo de hideputa no se puede decir porque no está nada bien, y por otra parte alguien se puede dar por aludido); se habla de la persona vírica que se extiende y de todo se apodera, o de la personalidad enredadera o vampírica, y estos términos tan sobriamente científicos no hacen sino referirnos al penoso pesado de siempre al que no contestamos cuando llama por teléfono. En fin, en un rapto de suprema lucidez la psicóloga Patricia nos recomienda que no nos dejemos pisar porque hay que disfrutar de la vida.

En todo esto probablemente influya el hecho de que los psicólogos ya no estudian filosofía y entonces su pensamiento no es de verdad pensamiento sino un revoltijo de recomendaciones pueriles mal envueltas en insufribles topicazos. Ignoro el estatuto científico del tipo taxonómico “vírico caradura” que la doctora Ramírez blande en su columna, pero en fin, a todos nos vienen nombres y caras a la memoria cuando leemos estas dos palabras. Y por eso seguiremos leyendo a la psicóloga Patricia.

Además, insiste Patricia en que tenemos que ser éticos (?), pero a mi modo de ver es mucho más inhumano clasificar a una persona de «vírica caradura» que diagnosticarla de trastorno narcisista, sin contar con que esto último sí tendría algún sentido. ¡Claro! Tampoco se trata de que Patricia vaya a desatar una persecución contra los víricos caraduras, todo lo contrario, su humanidad llega al extremo de que les da cita en la consulta para curarlos, y entonces dejen de amargarnos la vida. Pero las personas estamos, además, para incordiarnos las unas a las otras contándonos nuestras penas y nuestras manías e intentando manipularnos recíprocamente, si no la vida humana sería un cementerio, algo muy aburrido. Y no seríamos felices en el sentido real de la palabra.

Egoísmo

Ser egoísta más que inmoral es imbécil. Y el que adora a su ego resulta un pobre cretino para cualquier mirada penetrante.
(¡La inmortalidad personal!)

Espantoso descubrimiento

Como todo el mundo sabe, hay que decir que ni el pasado ni el futuro son (ya, todavía) reales, solo el presente es real.

Pero si bien lo pensamos, el presente no es nada de nada, es la nada.

¡Así que estamos arreglados!

Aguirre la madrina

Despierta odio la que es «odiosa», simplemente, basta con consultar el diccionario para cobra conciencia semántica del asunto (¿lo acabarán ilegalizando, el diccionario?).

Sabiduría en las paredes de los bares

«No me hace falta usar Google porque mi mujer lo sabe todo».

«Todos tienen que creer en algo,
creo que voy a tomar otra cerveza».

Adeus ás touradas!