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Acerca de marrodri57

Catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid "SO VIEL MISSTRAUEN, SO VIEL PHILOSOPHIE"

JERGA PEDAGÓGICA

En la línea norteamericana que adoran, los pedagogos hace mucho que no hablan de «saber», ni mucho menos de «sabiduría». Lo que hoy nos llena de fervor a los que participamos del proceso de enseñanza/aprendizaje, es, en cambio, la transmisión de destrezas y/o habilidades, pero sobre todo de competencias. A lo que me permito añadir «mañas», para darle a la cosa un toque castizo y sobre todo realista. Odiseo de las muchas mañas.

«LA MANO DEL QUE SABE»

De vez en cuando vuelven a mi mente algunas magníficas anécdotas del excelente Agustín García Calvo. En una de sus composiciones poéticas, «la mano del que sabe», interpretada por Amancio Prada, Agustín rozaba el tema lacaniano de la voz del amo. Al que manda, al que da órdenes a la gente, desde siempre se lo habría colocado en la categoría del sabio, sacerdote-filósofo-científico. Darse cuenta de esto críticamente, por supuesto que implicaba corroer el estatuto mismo del conocimiento, para declararse en contra de la dictadura de los expertos. Claro está que la tecnocracia resulta muy cuestionable políticamente.

Pero creo que todo lo que ha venido sucediendo desde entonces nos lleva a la rotunda conclusión de que es preferible que mande el que sabe que no el ignorante y el tonto. Porque convengamos que hay alguna diferencia entre saber y no saber, y en el supuesto de que, al fin y al cabo, alguien tiene que mandar.

SER CIENTÍFICO

Entendiéndolo como rasgo de carácter, o mejor, como disposición, es «científico» el que se halla presto a reconocer, cuando es oportuno, que se ha equivocado. Muy pocos lo son hoy, si es que hay alguien. Y entre filósofos, y entre periodistas y políticos, y en las redes sociales…

EL LOGOS

Nuestra «única salvación» es hoy la misma que subrayó Freud en su tiempo, en la línea de su psicoanálisis: «la dictadura del logos».

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

La difícil o imposible responsabilidad significa (intentar) hablar (en público sobre todo) solo de lo que uno propiamente sabe. En opinión de un colega no muy fino, opiniones hay tantas como culos y algunas nos pueden llevar al matadero. Me entero hoy de que, sin las vacunas, las subvariantes actuales de la ómicron acabarían matando más o menos igual que la gripe española. La libertad de expresión que, según cerebros de la talla de Agamben, protege a los lúcidos antivacunas que fueron por ahí gritando en Viena que la vacunación es lo mismo que el asesinato, ha de ser puesta en cuestión o suspensión. Del virus deberían hablar públicamente los que saben del virus, cosa absolutamente lógica porque saber no es creer.

La libertad de expresión no debe extenderse, así sin más, a los ignorantes ni a los estúpidos en asuntos que afectan a la vida de cientos de millones de personas. Esto dicho en el sentido de que ninguna opinión que se haya demostrado criminal debe gozar de impunidad. Pero hoy casi nadie reconoce, siquiera, haberse equivocado cuando está claro que se ha equivocado. Recuerdo a la muy inteligente Babette Babich encabezando el movimiento internacional contra las mascarillas. Según ella, eran muy nocivas para la salud. No la he escuchado decir nada después sobre el asunto, seguirá tan pancha.

PARA SER FELICES

Por regla general, lo que quieren las personas, hoy igual o más que nunca, es decirle a las otras personas lo que tienen y lo que no tienen que hacer. Pero por supuesto que siempre por su bien.

LA VIRGINIDAD

La mística cristiana de la virginidad, tal y como Foucault la documenta y la examina en los santos varones del siglo IV, es quizá el delirio más loco del que he tenido noticia en mi vida. Pura materia psiquiátrica, pero institucionalizada y llevada a la práctica. Lo único de interés que se puede extraer de todo esto es que para estos señores tan enfermitos la sexualidad era el mal en sí.

ZARATUSTRA AL DESPERTAR

«Es verdad: nosotros amamos la vida no porque estemos acostumbrados a la vida sino porque estamos acostumbrados a amar.

Siempre hay algo de locura en el amor, pero siempre también hay algo de razón en la locura»

(I, «Del leer y el escribir»)

MUJERES Y LIBROS

Subraya Foucault que San Jerónimo citaba profusamente a Teofrasto a propósito del debate sobre las molestias que el matrimonio le supone al filósofo: «No es posible amar a la vez a una mujer y los libros».