Baroja-4

«Pasado algún tiempo, toda la gente imparcial está convencida de que la guerra civil no ha dejado más que un reguero de crueldad, de barbarie, de bajeza, un odio escondido que no desaparecerá ni en cien años» (p. 59)

Para eso habría que procesar al franquismo.

Pío Baroja, «Rojos y blancos»-3

«La civilización ha fallado en esta primera mitad del siglo XX de una manera ostensible. Sólo la ciencia se ha defendido bien, lo demás nada.

Las nociones de humanidad, de benevolencia, se han eclipsado y el hombre se ha mostrado más cruel, más bruto, más teatral y farsante que nunca. Se han quemado a hombres, mujeres y niños en cámaras de gases asfixiantes. Nunca se había llegado a tales atrocidades.

Hasta en las funciones de lujo ¡qué brutalidad! ¡Qué estupidez! ¿Quién podía suponer que pasados más de dos mil años de la escultura griega, a los quinientos años de los cuadros de Mantegna, de fra Filippo Lippi o de Botticelli se iban a hacer obras cubistas?

Es algo extraordinario.

¡Qué mezcla de torpeza, de estupidez y de incomprensión, la de nuestra época! Es algo que no le cabe a uno en la cabeza» (p. 46)

Pío Baroja, «Rojos y blancos» (2)

«Un día que hacía yo una crítica de la política española entre mis amigos, el padre de un chico, ex alcalde de Gijón, me dijo que allí no se aceptaba gente indiferente en política y que iban a traer a la Casa de España unos cuantos milicianos amigos suyos, que me tirarían por la ventana.

Yo les mandé a paseo y les dije que en París, a los milicianos, les llevarían a la comisaría y que tal vez después les dieran unos cuantos puntapiés en salva sea la parte» (p. 42)

Pío Baroja, «Rojos y blancos»

«¡Qué idioteces le han dicho a uno!
Unos socialistas de Irún, después de la guerra, me decían que yo les había explotado.
–¿Explotarles, yo? Pero ¿cómo? ¿En dónde?
No había explicación posible.
Entonces uno de ellos me dijo:
–Volveremos, iremos a Vera y quemaremos su casa.
–Bien, esto es una estupidez clara; pero que yo les exploté a ustedes es una estupidez oscura, porque yo ni les conozco ni tengo nada de común con ustedes.
Un carlista, tan necio como los socialistas, me dice que, pudiendo haberme matado, no me mataron.
¡Qué heroicidad! También uno ha podido matar a gente, sobre todo cuando era médico, y no la ha matado. ¡Qué mérito! ¡Qué satisfacción! Yo creo que un bosquimano discurriría de una manera más lógica. Le dirían: ‘Puede usted matar a ese que pasa por ahí’, y él diría: ‘¿Para qué? Si no tengo con eso ningún provecho'» (p. 35)

Muerte digna

La muerte digna del sabio, morirse de risa.

La Gaya Ciencia

«¿A quién llamas malo?–Al que siempre quiere avergonzar» (GC 273)

«¿Qué es para ti lo más humano?–Ahorrar a alguien la vergüenza» (GC 274)

«¿Cuál es el sello de la libertad conseguida?–No avergonzarse más ante sí mismo» (GC 275)

Lo más imbécil

Lo más imbécil que he leído últimamente en las redes sociales es aquello de que «para liberarme de mi adicción al móvil tuve que reentrenar a mi cerebro para que disfrutara del aburrimiento».
No hay cretino que lo hubiera dicho mejor, incluso estaba escrito en inglés, de modo que igual nos lo acaban vendiendo.

Contra Spinoza

Pretendiendo estar alegres siempre lo que en realidad hacemos es el idiota, o en cualquier caso mentirnos, porque para empezar todos sabemos que es de todo punto imposible. Pero lo peor del que se obliga a estar alegre siempre, como si se tratara de un imperativo moral, como si tu tribu te fuera a abandonar en cuanto dejes de tocar las palmas, es que ese no quiere saber nada de la tristeza y huye de ella continuamente. Como si fuera lo peor, como si fuera la tristeza patológica o incluso lo patológico (sobre todo, dicen, cuando no tiene una causa que la justifique, porque ya se sabe que el duelo hay que pasarlo). Pero la tristeza es el mismo vaivén del cuerpo, que viene de la alegría y de la indiferencia, y que tiene que pasar por la tristeza. Porque no se puede fijar un estado, no es posible pero tampoco deseable. Decía Nietzsche que el mero hecho de que el pensamiento nunca llegue a nada definitivo, el hecho de que siempre siga empezando y volviendo a empezar, demuestra que el devenir no desemboca en el ser, por mucho que sigamos pretendiéndolo en nuestro delirio.
Quien anda huyendo de la tristeza como de la peste, por otra parte, jamás podrá ser profundo, o nunca filosofará, todo lo más llegará a evaluador de la ANECA, por ejemplo, o a político aunador de voluntades, o animador cultural.
Claro que disfrutar de la tristeza se censura también como vicio narcisista del impotente, pero no porque tenga nada que ver en realidad con impotencia o narcisismo, sino porque sumirse en la tristeza es lo mismo que sumirse en la pasividad. Algo totalmente improductivo, el triste no rinde y tampoco parece servir de nada al prójimo como no sea para ponerle triste.
Todos nos queremos animar unos a otros, pero hay maneras y maneras de hacerlo. La imagen más penosa que conservo desde el punto de vista estético es la de aquel cura en una catequesis de época franquista, personaje alto y de gafas de sol, como apinochetado, al que le daba por bailar cantando a voz en pecho una mema canción de un tal Palito Ortega para animar a los niños o criaturas, por mejor decir sin faltar a la corrección de hoy, creo que él pensaba que se trataba la suya de la alegría de Cristo que nos quería infundir. Nunca he visto mayor exhibición de imbecilidad. La alegría nos la trajeron más tarde los Beatles y el poder salir de aquella cueva.
Es de imbéciles querer privarse de la belleza de la tristeza, de su dulzura, que es el sentir del tiempo, es de tontos querer ignorar a qué sabe el tiempo. Porque no hay nada fuera del tiempo, los momentos de entusiasmo también tienen que ver mucho con él, y si la vida es preciosa es porque es tiempo y se nos va de las manos hagamos lo que hagamos.

Juan Goytisolo

«Desde esta fecha (¿octubre de 1939?) Álvaro había aprendido a conocer los límites de su condición y, aunque sin formularlo con claridad (eso llegaría mucho más tarde), sabía que todo, incluido él mismo, no era definitivo y perdurable como confiadamente creyera hasta entonces fundándose en la continuidad de su universo reconstituido tras los terrores y sobresaltos de la guerra, sino mudable, precario, sometido a un ciclo biológico contra el que voluntad y virtud nada podían, todo expuesto a un azar, todo aleatorio, irremediablemente prometido a la muerte, pasajero, fugaz, todo caduco» (Señas de identidad, p. 54)

Y Kant preguntándose qué puedo esperar…

El otro mundo

Está bien el otro mundo de Luis Racionero, es por otra parte el otro mundo serio de siempre, olvidarnos de las religiones monoteístas y del racionalismo occidental de los conceptos, que son una y la misma cosa. Están muy bien el yoga y la meditación, por mucho que tantos se aprovechen hoy de la moda, como siempre pasa. De algo hay que vivir, pero es una moda de miles de años.

Pero no hay que pasar por alto que el otro mundo del nuestro no es solo el mundo de la paz y el abandono del maldito yo en la fusión con el todo cambiante. Lo irracional también es amenazante y pavoroso. Al lado de la magia blanca está la negra. Hay muchas más cosas que las que la razón puede imaginar, sin duda, pero una gran parte de ellas son absolutamente destructivas. La brujería debe ser tratada como tal para ser tratada científicamente.