ZARATUSTRA EL QUE RÍE

«¿Cuál ha sido, hasta ahora, el mayor pecado en la tierra? ¿No fue la palabra de quien dijo: ‘ay de los que ríen aquí’. ¿Es que no encontró en la tierra motivos para reír? Entonces buscó mal. Hasta un niño encuentra aquí motivos. Él—no amaba bastante: ¡de lo contrario nos hubiera amado también a nosotros, los que reímos! Pero nos odió y nos insultó, nos prometió llanto y rechinar de dientes» (Del hombre superior, 16, pp. 255-256).

De manera inevitable se me viene a la cabeza, al leer este pasaje, el enigmático comentario nada menos que de Esperanza Aguirre, la hipercristiana, cuando dijo a los periodistas de repente, en una especie de rueda de prensa improvisada y sin que viniera a cuento, que ¡es en verdad maravillosa «la alegría que nos trae Jesucristo»! Así que habría una alegría que no ríe, que no se ríe, y mucho menos de sí misma, que es la alegría específicamente cristiana, una curiosa modalidad de alegría. Según Zaratustra, atribuíble a un déficit de amor, a una constitutiva incapacidad para amar el mundo, la tierra y la vida, al contrario de lo que explícitamente asegura el sacerdote cristiano en la misa. Ahora bien, según Eugene O’Neill, Lázaro reía, y reía al percatarse al regresar de ella de que tras la muerte no hay nada de nada, estupenda noticia sin duda porque nos permite dejar de lado el cuidado. Entonces la alegría cristiana no sería amor completo o más allá del bien y del mal, justamente por esto, porque la creencia en la resurrección y en el ascenso a otro mundo («solo una cosa necesaria») determina necesariamente que el cristiano de verdad no ame este mundo, la tierra y la vida.

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