Tampoco es de gente inteligente lo que hicieron los nazis con Nietzsche. Basta con examinar el comienzo de la Parte Tercera del Zaratustra, el pequeño pero sustancioso apartado que lleva el título de El Caminante. El encargado de la propaganda del régimen, Goebbels, cuando se iba viendo que todo estaba perdido, ya en 1944, echó mano ampliamente, con citas textuales, de los fragmentos de este capítulo, en los que Zaratustra se refiere a que le ha llegado su hora decisiva, en la que coinciden lo más profundo y lo más elevado, en la que ya no se puede dar marcha atrás, la hora de afrontar su cumbre más elevada y exigente.
Y no solo Goebbels sino también Himmler, por supuesto, habían ya convertido el imperativo nietzscheano de ¡endureceos!, en la norma moral básica de la educación de los jóvenes en el Nacionalsocialismo. Sé duro contigo mismo y con tus enemigos, no transijas, no seas autocomplaciente y así tendrás una vida mejor. Pero hay que recordar que esta advertencia de Zaratustra se dirije exclusivamente al creador, como medida de protección absolutamente necesaria frente a los obstáculos del mundo y de la envidia. Es decir, el mismo Nietzsche no podía por menos que tratar con la máxima suavidad a sus peores enemigos, pero como sucede que tenía una tarea, una misión, la de crear una obra, no podía tolerarse esta tendencia suya tan profundamente arraigada, porque habría sido hace tiempo ya destrozado y, lo más importante, con él habría sido destrozada la posibilidad de su obra. Pero los nazis no invirtieron mucha actividad neuronal en su falsificación de Nietzsche, los estúpidos no podrían. Les bastó sustituir el nombre de Zaratustra por la expresión «el pueblo alemán». Lo cual es el disparate y el absurdo mayúsculos, algo así como hablar de «las fuerzas externas que quieren destruirnos».
Había observado Freud que la paranoia nos puede dar gato por liebre fácilmente, y es que, como saben cerrar bien el círculo automático de las palabras, los paranoicos simularían a veces ser verdaderos filósofos.
