MARIANO TUDELA, HOMENAJE

MECANISMO TUDELA

Igual me acabo de enterar del mecanismo que funciona en la escritura de Mariano Tudela. Aunque como es natural ignoro si con excepciones de relevancia, creo probable que algo así como lo que voy a decir funcione no solo en La madrugada de las mercenarias sino en sus novelas más representativas, en definitiva porque así era el tipo humano de Tudela.

La narrativa de Mariano Tudela va a tratar asuntos de lo más candente y tremendo, sobre todo a partir del momento en que el franquismo se va a ir diluyendo en la sociedad española. Mundos tan duros, y tan del día de hoy y del día de siempre, como el de la prostitución o el del exilio republicano español. Y él retrata casi de manera realista tanto la cochambre humana de la prostitución como el vacío desesperado de los vencidos de la República española desparramados por el mundo.

Así que está claro que la pregunta obligada no es sino cómo salva, de qué manera salva la escritura de Tudela, cómo hace para salvar ese mundo tan difícil que le tocó habitar , ese mundo tan brutal que Tudela expone sin rehuirlo, pero sin empecinarse en complacer al lector, eso mucho menos. En esencia, lo primero que hace Mariano Tudela, enfrentado a su momento histórico español, siempre el suyo, no es otra cosa, para empezar, que indagar en la condición social de sus personajes, una galería verdaderamente interminable de personajes casi siempre de gente humilde, trabajadora y no pocas veces de existencia incluso clandestina.

En segundo lugar, el modo que tiene Tudela de salvarlos consistiría en reducir sus historias más o menos terribles, la dura peripecia de cada cual, en último término, a las constantes humanas más duraderas, más estables, esa rutina que enseguida se vuelve a instalar tras casi cualquir catástrofe, porque así ha de cristalizar la forma de vida humana. O sea, lo que tiene de más real esta vida nuestra tan extraña, eso que Nietzsche llamó el homo natura. Es decir, lo que hay en ella de regularidades casi estrictas, porque lo real son los patrones que retornan en el curso de lo que sucede, para decirlo como lo decía el filósofo norteamericano Dennett. Y los patrones de la vida humana son los correspondientes a la animalidad humana, esa que, hay que advertirlo, no es simplemente la animalidad del animal pues se hace capaz de espiritualizar los instintos. El comer, el beber, el refugiarse del frío y de la lluvia, más el amor sexual, el amor y el sexo juntos o por separado, como por lo común sucede en el negocio de la prostitución. Mantenerse con vida y propagarla, lo que humanamente significaría asimismo intentar comprenderla. (La frase de Sócrates, que Aristóteles extremara, una vida no examinada vale poco, la vida más intensamente vital es la vida inteligente). Hay casi una constante en la obra de Tudela, por lo menos en varios de sus libros, en los más importantes me atrevería a decir, y es eso lo peculiar de su estrategia para la salvación de la circunstancia que le tocó vivir a él, trágica como casi todos los momentos de la historia, más o menos trágica dependiendo de la clase social en la que vivas.

Esas brutalidades que nunca están ausentes de la circunstancia de nadie, las salvará Tudela acudiendo o remitiendo siempre a sus personajes, y a sus lectores, a ese fondo pautado, inmemorial, básicamente animal-humano, de nuestra forma de vida. Porque allí se ha dado buena maña Tudela en la suya propia para encontrarse con la alegría de la vida, esa alegría rossetiana del “estar loco de alegría”, alegre sin ton ni son, o por nada. En los bares donde la gente come, donde la gente bebe, en las casas donde habitan las personas, en las habitaciones donde pasan el tiempo resguardándose del frío o del calor, o haciendo el amor o ejerciendo la lujuria pura y dura. Esos momentos “terribles y eternos” de la vida animal humana (Nietzsche), con su alegría sin razón, son los que redimen la brutalidad de la circunstancia, porque en Tudela  hay una alegría que se halla presente en ese sándwich que te tomas en el bar de abajo, en esa conversación en una tertulia en un café, pero por supuesto también en ese andar rápido y casi atropellado con tu pareja por la calle mientras llueve, yendo directamente a un hotel para el amor clandestino o no clandestino.

El momento real de la vida animal-humana es el que salva con una alegría sin sentido pero que da sentido a todo con su potencia casi intemporal, pero mediada por la cultura. Nos salva la alegría de esa dimensión de fondo. El comer, beber, copular, dormir, abrigarse, desnudarse al sol, pueden hacer emerger una alegría de funciones animales culturalmente tramitadas que salvan de la brutalidad tantas veces atroz de nuestra circunstancia. Las mujeres que venden su cuerpo al primero que llega con dinero, y que van envejeciendo y van bajando de categoría en la pirámide del mercado de la carne, como decía Celia Amorós. O si no los refugiados políticos españoles, emigrantes forzosos en Francia, en Argentina, pasándolas moradas, y con la nostalgia, la esperanza, la rabia, todo mezclado.

Desde esta absurda alegría proveniente del fondo vital de la animalidad humana es capaz además Tudela, de un verdadero prodigio, revelándonos una indiscutible genialidad. Y es que logra viajar con aparente soltura y facilidad a la interioridad de otras almas muy ajenas a la suya, viaje que siempre hace desde su experiencia más propia, o sea, la que se reitera en él como la esencial y propia del escritor que es (esto era todo un ideal en Nietzsche). Claro que yo como ignorar ignoro cuál sería esta experiencia-fuente tudeliana, pero apuesto a que se trata de la experiencia de un agradecimiento tan intenso, al azar o al destino, por el hecho de estar vivo, que hasta llegaría a sentir como algo familiar y casi entrañable el agua de lluvia negra de tan sucia, que se queda atrapada de cuando en vez en el alcorque del humilde árbol de barrio marginal. Las mercenarias son narradas todas y cada una, una a una, y son muchas y muy diferentes, por la sola voz de Mariano Tudela. No es que se sitúe él perfectamente en la psicología de la mujer (prostituta) sino que se traslada a la cabeza de todas y cada una de las prostitutas del burdel de la calle del Pájaro Verde, en su variedad casi inconcebible, la que iría desde la pobre mujer explotada y violada en grupo que tiene que sufrir la desgracia de vender su cuerpo porque no le han dejado otra opción, hasta la francesa Lulú que es puta no ya porque no le disgusta sino porque siempre tuvo vocación de serlo y siempre supo que lo sería y nunca va a querer ser otra cosa. También viaja Tudela a la manera de ser tan espectacular del “marica” que entretiene e intenta poner orden en la clientela, personaje que bascularía sin cesar de lo más noble a lo más vulgar. Solo se muestra inmisericorde su pluma contra “los cabritos” que van a las “ocupaciones” con las mujeres del prostíbulo como quien va a una feria de ganado humano. Pero allí, en el estercolero de los cabritos hasta podría surgir alguna vez el milagro de la alegría tomando cuerpo en la confidencia cariñosa de una profesional del amor a un golfo que vende corbatas?