Tres años después de acabada la Segunda Guerra Mundial, Wittgenstein iba a
tener el acierto de partir del hecho recordado, pero evidente, de que en la Alemania
nazi fuera extirpado todo rastro de humorismo de la vida pública y privada, para
llegar a la conclusión de que, con el humorismo, no se trataría en absoluto de una
actitud o una disposición anímica, ni mucho menos de un estado de ánimo, sino de
algo mucho más serio porque va más allá de la mera psicología individual o colectiva: el humorismo sería una genuina visión del mundo, toda una Weltanschauung.
Durante los años en que los nazis habían estado en el poder, los alemanes, es de suponer, habrían seguido poniéndose a veces de buen humor con las cosas de la vida.
Pero del humorismo como tal no quedó ni la sombra. Lo cual nos desvela también lo terrible del Nazismo, capaz de destruir de raíz algo de lo más importante y profundo del ser humano, la visión humorística del mundo.
