EL TAXISTA NORMAL

Aquel taxista era inteligente en el sentido de «normal». Y aunque este calificativo se desvanece siempre en el aire por su vaguedad, aquí tiene un sentido concreto: escuchaba la SER en lugar de la diabólica emisora de los curas airados a la que están adictos tantos de sus colegas de profesión. Anidaba en él la característica ironía galaica, esa retranca o sarcasmo de la inteligencia tantas veces ofendida. Todo fue a propósito del infierno de los semáforos en A Coruña de hoy. «No hace falta nada de esto, en absoluto, porque a esta hora nunca hay ningún problema, lo sabe todo el mundo, pero el caso es que a un iluminado del Concello, debe ser de los que llevan las cosas del tráfico, de repente le da por cambiar la secuencia de uno de los semáforos, y entonces se organiza un sindiós del que no es fácil salir. Y todo sin sentido interpretable, todo porque sí», aunque tal vez, me atreví a aventurar yo, porque a todo iluminado se le antoja de vez en cuando dejar su huella en la historia grande o pequeña, que se note que estoy yo aquí, coño, aunque sea que se note con una catástrofe gratuita, dependiente solo de mi albedrío, una catástrofe en la que quedará patente que tengo albedrío, y a mí la gente se me da una higa.

«Hay que matarlos, a los tontos hay que matarlos, no os quepa duda, que no quede vivo ni un gilipollas. Porque se dedican desde la primera hora de sus días a amargarnos la vida a todos, y ello sin ninguna razón apreciable. Hay gente, los tontos, que mucho mejor para todos que no existieran nunca, que no estuvieran en el mundo. Será como haber ahogado al niño Hitler en su cuna, ¡qué beneficio para el conjunto de la Humanidad!» Pero yo apreciaba lagunas en el plan del taxista normal, a pesar de, por supuesto, estar de acuerdo en el fondo con él. Y es que ¿cómo detectamos inequívocamente a los tontos? ¿Cómo distinguirlos con certeza de los que no lo son? ¡A ver si van a pagar justos por pecadores! Por supuesto que este problema mío no lo era para el taxista normal, que ya había reflexionado lo suyo sobre el asunto desde que concibiera su plan de asesinar a los imbéciles por el bien de todos. «¡Bó! ¡Como si no se le notara de sobra al gilipollas que es gilipollas!» Así despachó de un plumazo la objeción, y a fe que no tardé un minuto en comprender que tenía razón. Pero inmediatamente le dejé constancia de una urgencia que me había entrado: «¡Pero hay que identificar inequívocamente al gilipollas del Concello, no nos vayamos a equivocar cargándonos a un inocente en su lugar!» Aquí el taxista normal titubeó tras sonreírse, dando a entender con su gesto que eso no era más que un obstáculo menor. Sin duda había descubierto que el cretino de hoy lo que adora es la publicidad, «¡¡ sí, yo, fui yo y no otro el que montó el Cristo en el tráfico de A Coruña el 28 de julio del 23!!» Y esto publicado en las redes sociales, en pancartas, simbolizado en performances, pintado con rojo en sus camisetas. El taxista avezado sabía perfectamente que no hay tonto que no se acabe delatando, en sus exhibiciones de pretendida inteligencia. Y no se le escapaba al taxista justiciero la verdadera dificultad, como tal insoluble: «En el Concello hay muchos tontos»…

Buena propina para el taxista normal, porque el taxista normal no es otro que el filósofo del taxi, trabajando en una profesión que, más que cualquier otra, le permite a uno practicar la observación psicológica. Y ya se sabe que la Psicología es la reina de las ciencias.

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