¿EN QUÉ CONSISTE ENVEJECER A LO TONTO? LA STOA COMO IDEAL (1 de diciembre de 2025).
1.
Lo estoico no es la “resignación” pero claro está que tampoco la esperanza, es más, lo que hay que evitar, sobre todo, sería el movimiento pendular del miedo a la esperanza, al estilo del cristianismo, por lo menos ese cristianismo que hace del temor de Dios (el temor a Dios) una cosa santa, y del que no lo tiene, por lo tanto, el impío par excellence[1]. Lo definitorio de los estoicos es más bien la alegría de saberse formando parte del orden inviolable de la natura-deus; y con todo y con eso ser humano, o sea, libre, porque para ellos, en último término, todo va a depender del asentimiento o no-asentimiento del Logos, ese Logos que es idéntico a Natura, y que se va a condensar en el anthropos como lo divino del cosmos[2]. En este punto crucial, es importante considerar la imagen, que la anterior alusión a Mosterín fácilmente traería a nuestra mente[3], imagen del estoico Cleantes[4], del perrillo que está atado al carro a punto de partir: Si al can le da por resistirse cuando el carro se pone en marcha, clavando las patas en el suelo, acabará a buen seguro destrozado, de modo que LO MEJOR ES DEJARSE CONDUCIR POR EL CARRO O POR EL DESTINO DANDO SALTOS DE ALEGRÍA[5]. Lo esencial de la ética estoica, vinculada a su física y a su teología, es la recomendación de formar sólidamente el criterio propio, para que, en vez de ser arrastrados por el vendaval de las opiniones ajenas, seamos siempre dueños, en último término, de dar o no dar nuestro asentimiento. Y es que en el orden inexorable del cosmos se hallaría incluida, necesariamente, la libertad humana, como reza la paradoja estoica. En definitiva, de lo que se trata es de contraponer la figura del sabio a la del estúpido, que por supuesto en el comienzo lo seríamos todos.
2.
Hay otra idea estoica muy interesante para mí porque constituye una de las bases, o tal vez la base, de la misma concepción nietzscheana de la filosofía, probablemente por la común inspiración heracliteana. De lo que se tratará, al hacer filosofía, es de construir una manera de ver el mundo, pero no como “doble” invertido sino de ver lo real del mundo, lo que quiere decir que nos refieren los estoicos a una construcción viable teóricamente, en el sentido de más o menos compatible con el mejor conocimiento disponible en nuestra época[6]. Ahora bien, lo decisivo es que habrá de ser una imagen tal que te vaya a permitir NO RENEGAR de la vida[7], no renegar de la vida PASE LO QUE PASE. Y no solamente eso, sino llegar a lograr, incluso, una visión filosófica que te vaya a poner al borde de algo mucho más difícil: seguir amando la vida pase lo que pase, con la virtud esencial del noble, la areté del agradecimiento, que es la clave de la verdadera religiosidad, la grecorromana, o sea, una religiosidad no-resentida. Recuerdo que en una ocasión Nietzsche escribió un aforismo titulado “Nosotros, los últimos estoicos”, entendiendo el movimiento de la Stoa como el ensayo de criar seres humanos capaces de digerir piedras. La imagen de la WzM se justifica de ese modo, pues está montada sobre la metáfora del hambre, y todo lo que conlleva la nutrición, el metabolismo. Esa hambre radical, constitutiva de todo ser vivo, que en el sexo no haría más que continuarse ampliando su radio de acción. El resentimiento y la enfermedad que diagnostica el filósofo de la cultura son más bien indigestiones, y es que el resentido padece de dispepsia, no puede terminar nunca de asimilar sus experiencias más o menos duras, no es capaz de desechar lo tóxico de casi toda experiencia, y entonces llegará a vomitar veneno, entregándose a la pulsión de muerte[8].
Ahora bien, los estoicos lo habían tenido mucho más fácil que Nietzsche a finales del XIX, porque en sentido estricto la vida ideal del estoico se hace imposible después del acontecimiento de la muerte de Dios. Con su Dios, que es el de Spinoza por ejemplo, resultaría mucho más sencillo amar la vida por muchas desgracias que nos caigan encima. La verdadera proeza de Nietzsche consiste en hacernos capaces de amar una vida cuyo único sentido, cuyo único orden, sería el que le podamos dar nosotros, o en el fondo, el que le pueda dar yo. De manera que la alegría del nietzscheano es la alegría absolutamente inmotivada e inexplicable, ese “estar loco de alegría” que sería lo único que hace posible filosofar, y que habría subrayado tan bien Clément Rosset al aclararnos de forma magistral en que consistiría hoy la filosofía trágica que representa el genuino Nietzsche. El filósofo del amor fati. El estoico da su asentimiento a los giros del destino, el nietzscheano llega a amar esos giros, al final catastróficos. Como si dijésemos, y paradójicamente, el pensamiento nietzscheano sería la reconciliación o la religiosidad absoluta, muy superior a la estoica y por supuesto, por definición, a la cristiana.
3.
Iba a ser la voz magistral de Foucault[9] la que repasó, en una de sus clases en el Collège de France, el tratamiento estoico, en la versión del romano Séneca, de la estulticia o insensatez. Para el pensador francés, el interés de Séneca tratando sobre la estulticia[10] viene de que supone un magnífico ejemplo de la tesis que él mismo mantiene, según la cual nadie podría pasar de individuo a sujeto sin que algún otro lo sacara o le diese la mano para salir de aquel estado inicial, o sea: “el filósofo como educador”. Es de todo punto necesario, en general, tal y como se puso de manifiesto en el mundo helenístico y romano de los siglos I y II de nuestra era, un magisterio de la subjetivación para que esta sea viable. Se trataría de la transformación por la que el individuo llega al estatus de sujeto, y eso significa que, para todo lo sucesivo de su vida, habría accedido a la preocupación, la inquietud o el cuidado de sí. Entonces, lo importante es darse cuenta de que la estulticia viene a ser justo lo contrario de ese cuidado de sí, y la filosofía a lo que atiende es a que el imbécil lo deje de ser, o sea, se trata con ella de llegar a ser de verdad sujeto, en el sentido de alguien que está concernido por el propio yo. No es el cretino sino el que se halla sumido en la desidia de sí.
«Ahora bien, ¿qué es la stultitia? El stultus es quien no se preocupa por sí mismo. ¿Cómo se caracteriza el stultus? (…) el stultus es ante todo quien está expuesto a todoslos vientos, abierto al mundo externo, es decir, quien deja entrar a su mente todas las representaciones que ese mundo externo puede ofrecerle. Representaciones que acepta sin examinarlas, sin saber analizar qué representan» (Foucault 2002, 135).
Es el tonto incapaz de crítica, en el sentido de que no puede discriminar entre lo objetivo y lo subjetivo de sus representaciones. De modo que va arrastrado de un lugar a otro por todos los vientos. Cambia de opinión con el paso de los años y de los meses, cambia de opinión, incluso, a cada día que pasa, determinado por todos los acontecimientos, así externos como internos. Una segunda caracterización, que a no dudarlo se sacaría de la primera, es que el imbécil se halla en un estado de dispersión temporal. No recuerda nada, no le interesa la memoria, carece de la intención de unificar el propio pasado narrativamente. Para decirlo con Séneca, prescinde del examen retrospectivo de su vida[11]. Pero tampoco se proyecta al futuro, en el sentido de que es incapaz el estulto de querer en sentido estricto. Carece de voluntad una, absoluta, quiere unas veces una cosa y otras otra divergente. No sabe querer, no se obliga a sí mismo a perseguir una meta, o sea, de manera autodeterminada, o libremente. Bien es cierto que se podría objetar que no habría nada en la vida humana que merezca entronizarse absolutamente como su meta. Ahora bien, Foucault releyendo a Séneca nos va a hacer reparar en el hecho de que el que ha salido de la estupidez inicial sí que tiene un objeto de interés absoluto, el yo, el sí mismo. Y ha dejado de ser estulto, precisamente, por el hecho de haberse dado este interés. En este punto se nos acaba de exponer desde su mismo núcleo el concepto de estulticia:
El stultus es en esencia quien no quiere, quien no se quiere a sí mismo, quien no quiere el yo, cuya voluntad no está encauzada hacia ese único objeto que se puede querer libremente, absolutamente y siempre, y que es el sí mismo (Foucault 2002, p. 138)
La inquietud de sí resulta que es, entonces, lo contrario de la estupidez, por la sencilla razón de que el yo es lo único que puede ser querido absoluta o libremente. Una voluntad que podamos considerar absoluta o libre es únicamente aquella que se halla encauzada por el interés en el yo. Y también encontramos en todas las filosofías de ese momento histórico la idea de que el filósofo es el operador que convierte al stultus en sapiens, haciéndole quererse a sí mismo. Porque está claro que para estos autores de los dos primeros siglos nadie es capaz de salir de su estulticia por sí solo, pero con la ayuda de la filosofía sí lo podría lograr. Frente a este optimismo, y si recordamos el señalamiento nietzscheano de eso ineducable que hay en nosotros, descubierto en su propia persona por el filósofo alemán, ese núcleo inmodificable, como de granito, acabaremos lanzando una mirada algo escéptica a tan gran esperanza depositada en la Filosofía, nada menos que la de sacarnos de nuestra estupidez congénita[12].
Sería estulto justamente el que vive en la pura exterioridad, sin ocuparse para nada de sí mismo, y por eso habría abandonado la memoria biográfica como algo inconveniente que en realidad carece de interés, o que incluso puede resultar molesto. El que es estúpido en este sentido no rememora nada, jamás se detiene a examinar su vida. Continuamente va siendo traspasado, de parte a parte, por toda clase de estímulos procedentes del mundo exterior, o de sus mociones de ánimo. No es propiamente nadie, sino voces que oye, sugerencias que le hacen, órdenes que le dan. Lo que Nietzsche llamaba un creyente, en definitiva; o sea, alguien que necesita obedecer, ser mandado, porque, de lo contrario, no sabría qué hacer. Todo lo recoge y con todo se llena o procura llenarse, sin la más mínima capacidad de discriminar, pues carece de un criterio y de unos valores propios. En esta evacuación o vaciado de la intimidad vendría a radicar, de manera sobresaliente, la condición de estúpido del que lo es a conciencia. Puede resultar paradójico esto, porque es cierto que el estúpido como idiota es muy suyo, muy propio, y de ahí el nombre. Pero, si lo es, lo es justamente porque no se posee a sí mismo ni nada que se le parezca.
Y puesto que carecería de perspectiva verdaderamente propia, le resulta imposible, al que es del todo imbécil, ponerse en el lugar de nadie ni de nada. Sobre todo, como vimos, porque en absoluto le interesan las posibilidades que la empatía nos abre. A no ser, claro está, que busque trabar relación con alguien para servirse de él con motivo de algún asuntillo, como por ejemplo ganar unas elecciones presidenciales o seguir coleccionando billetes de banco, lo que según Cela sería desde siempre la ocupación favorita de quien no sirve para otra cosa.
4.
¿Qué sería envejecer como un tonto? En lo esencial, (a mí me parece que) esto consiste en ir dejando de quererse y por lo tanto de querer. Y sería un verdadero reto el de no envejecer a lo tonto, un reto nada fácil de afrontar, hasta el punto de que muchas personas, de las que saben o dicen que saben, nos van a decir que lo mejor en la edad avanzada es irse haciendo el tonto cada vez más a menudo y cada vez más a conciencia, y hacerse el tonto sobre todo consigo mismo. Si es muy difícil seguir queriendo (= cuidando) al yo[13] en todos sus niveles (el corporal, el perspectivístico, el volitivo, pero también por supuesto el nivel del yo narrativo y el del yo social), es básicamente porque el sí mismo fundamental, o bodily self, se va a ir deformando de tal manera, y nos va a ir molestando y doliendo a todos de tal modo, que lo más habitual va a ser acabar despreciándolo o incluso odiándolo. Ocurre y ocurrirá, antes o después, que, como muy bien decía Zaratustra, ya no va a ser capaz, el cuerpo o la gran razón, de crear por encima de sí. Para decirlo con toda la claridad de la que soy capaz: va a llegar un momento en que tengamos que pasar casi todo el día cuidándonos, así que aborreceremos cuidarnos, ¡¡ a ver quién lo va a aguantar sin aburrirse mortalmente de la vida!! Entonces, se va a tratar de “morir a tiempo”, en el momento oportuno que será el de la “muerte libre”, de la que también habla Zaratustra.
Incorporan las reflexiones de Cicerón sobre la vejez, aunque principalmente estoicas, elementos importantes de Platón. De modo que abordan la cuestión de la posible o probable inmortalidad del alma, y eso se piensa el romano que ayuda a mitigar el miedo a la muerte que suele acompañarnos en esta etapa de la vida. Por lo demás, lo que Cicerón expresa aquí se compadece muy bien con el estoicismo. Y es que sostiene que la vejez es un proceso natural y por eso no puede ser considerado malo. Es una etapa de la vida como cualquier otra, con sus propias ventajas y desventajas. Es verdad que a medida que envejecemos, el cuerpo y las fuerzas declinan, así como nuestra capacidad de participar en actividades públicas, por mucho que estas sigan siendo un deber para un caballero romano. Pero hay que tener muy en cuenta que en las ideas de Cicerón se refleja con claridad el prestigio de la figura romana del pater familias, lo que viene a parar en que el anciano, o senex — palabra de la que deriva ‘Senado’ —, es especialmente respetado. La sabiduría del anciano es altamente valorada, lo que conlleva que envejecer en Roma fuese probablemente más fácil, en este sentido, que en los tiempos actuales[14]: entonces no se descartaba a los ancianos como inútiles improductivos. Sino que el anciano mantenía toda la autoridad sobre la familia, incluyendo propiedades y finanzas, y eso hasta su muerte, lo que a veces conllevaba que la familia lo despreciara, especialmente si el anciano vivía mucho tiempo. La figura del anciano odioso, que a pesar de su decrepitud se empeña en seguir mandando y no se acaba de retirar, es típicamente romana. Esto demuestra hasta qué punto se respetaba la sabiduría del anciano. Y en este contexto, en el diálogo de Cicerón aparece el personaje de Catón el Viejo reivindicando la ancianidad, por la vía, sobre todo, de resaltar la tranquilidad y los placeres suaves que con suerte implica, como la jardinería y todas esas cosas igual de interesantes. Aparte de que el hecho, tan consolador para los ancianos cuando van a dar a las peores circunstancias, de que la muerte nos ronda siempre a cualquier edad, con toda seguridad en aquella época era lo más evidente del mundo.
En definitiva, revisando los lugares relevantes de las cartas a Lucilio de Séneca, llegaremos pronto a la conclusión de que lo que yo llamo en esta intervención de hoy “envejecer a lo tonto” no es otra cosa que aprovechar el decaimiento y el frío de la vejez como pretextos para abandonarse a sí mismo e irse hundiendo con complacencia, con verdadero goce mortal, en la Gedankenlosigkeit, en la falta de pensamiento, en el vacío mental[15]. Casi se llegaría a buscar la confusión, tal vez cada uno a su manera peculiar, como dejó dicho Freud, ese magma indiferenciado que anuncia el remate final. Con lo que me refiero a que la mayoría de la gente considera una vejez inteligente aquella en la que se piensa lo mínimo o incluso no se piensa en absoluto, o solo se piensa en cosas tales que el único propósito de pensar en ellas es, en el fondo, no pensar en las que realmente importan. Por ejemplo, ahí tenemos, paradigmáticamente, el turismo incesante[16]. Hablar de las mil incidencias del viaje, cómo era la comida, lo que tardó el vuelo, etcétera: así se te va la vida, y si no entre la televisión, las redes sociales y otras distracciones. Y esto sería, a los ojos de casi todos, el mejor de los casos: la Gedankenlosigkeit es hoy, sin duda, la opción inteligente al envejecer.
Algunas cartas a Lucilio nos hablan principalmente de la cercanía de la muerte y de perderle el miedo a la muerte como meta de la terapia filosófica estoica en esta última etapa de la vida. No hay duda de que es un gran tema para reflexionar. Y sobre todo, es la vejez la gran oportunidad de filosofar, con la gran seriedad de la que Nietzsche escribiera, porque, al meditar sobre la muerte desobedeciendo la recomendación del estoico Spinoza, uno va a acabar haciendo el balance de su vida, repasándola o examinándola, lo mismo que Sócrates hacía porque estaba empeñado en que la suya fuese de verdad vida vivida. No para sentirse culpable o buena persona, por supuesto, no para someterse a juicio, sino para llegar a considerar la propia vida como vida completa y redondeada, una vida que ya está llegando a su agotamiento.
La idea estoica pudiera ser que la mejor muerte sería aquella a la que se llega al agotarse totalmente. Cuando la vida está agotada, debemos celebrar la muerte como el descanso, como el cierre del círculo.
Entonces, si lo que ocurre en nuestros días es más bien todo lo contrario, o sea, si para tantísimos de aquellos que aún no se habían entregado del todo a la estupidez, lo mejor al envejecer es ceder a la idea de que lo inteligente es no pensar, no hacer balance, no sentir la vida casi agotada, ello será porque, probablemente, ya la habrían desperdiciado, y oscuramente lo advierten, y entonces, mejor no menearlo porque ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, por mucho que se insista en ello, no acepto que lo más inteligente sea hacerse el tonto, no lo acepto casi en ninguna circunstancia.
[1] Cosa que denuncia Bertrand Russell, principalmente porque esta valoración tan cristiana nos llevaría a plegarnos ante todo tirano, construiría personas obedientes. Y eso lo denuncia también Pío Baroja, al final de su novela Camino de perfección,porque a su parecer cría humanos apocados y tímidos, o si no canallas y explotadores.
[2] De ahí el cosmopolitismo de estos humanistas radicales.
[3] Y que también nos recuerda una importante secuencia de una película de Buñuel que la recrea de manera literal.
[4] La imagen del perrito atado a un carro se suele atribuir al estoico Cleantes, aunque en algunas fuentes también aparece vinculada a Crisipo. (Una importante secuencia de una película de Buñuel la escenifica de modo yo diría literal).
[5] Jesús Mosterín escribía algo parecido, que con nuestro consentimiento lúcido podríamos hacer una fiesta de nuestro camino a la muerte.
[6] Como la que tenemos en el eterno retorno de lo mismo, en línea con la imagen del mundo extraíble de la termodinámica.
[7] De ningún modo “no levantar un testimonio contra la vida”, escribía literalmente Nietzsche.
[8] Hoy hablaríamos de “procesar”, porque usamos las metáforas de la teoría de la información mientras que la época de Nietzsche las de la termodinámica.
[9] Cf. Foucault, M. (2020): La hermenéutica del sujeto. Curso en el Collège de France (1981-1982). Clase del 27 de enero de 1982-Primera hora. Edición establecida por Frédéric Gros, bajo la dirección de François Ewald y Alessandro Fontana. Traducción de Horacio Pons. Buenos Aires / México D. F.: Fondo de Cultura Económica.
[10] En el comienzo de la Carta 52 a Lucilio, y también en el Sobre la tranquilidad.
[11] Hoy sabemos que el cuidado de sí es bastante más complicado, porque por supuesto incluye el cuidado del cuerpo, y es que los niveles del yo o de la selfhood, como nos certifica incluso la neurociencia, aparte del narrativo y el social (los distintivos del homo sapiens sapiens) son el volitivo, el perceptivo, y que todos parten del fondo básico donde toma tierra la intencionalidad de lo mental (la capacidad de representación), que sería, sin duda, el bodily self, cf. Anil Seth: Being you.
[12] Aquí tendríamos la oportunidad de diferenciar otra vez la estulticia filosóficamente remediable de la incurable que sería propia, ya sabemos, del tonto de remate.
[13] “Ese maldito yo” (Cioran). “El yo, yo no puedo con él” (Zambrano).
[14] De cara a la Hacienda Pública española, en efecto, el viejo o la vieja viene catalogado como “unidad de gasto”.
[15] Eso es para algunos, no pocos, la definición misma del goce.
[16] Desde Roma, un avión tuvo que retrasar varias horas su despegue, en temporada baja pero repleto de pasajeros, porque el espacio aéreo del Mediterráneo español se hallaba colapsado por el tráfico de aviones cargados de ciudadanos de la tercera edad, posiblemente además de la cuarta.
